La historia de las haciendas en Yucatán.

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En la península de Yucatán, rodeada por dos mares, desde siempre crece un agave sagrado que los mayas llamaban Ki, el tiempo y los trastornos de la historia lo llamarón henequén y al principio del siglo XIX se volvería el conocido “Oro Verde”, mucho antes de esto, Zamná, sacerdote de Chichén Itzá, instruyó como obtener de sus hojas las fibras que servían para jarcias, cordeles, bolsas y hamacas. La riqueza que esta planta generó, dio vida a las propiedades más impresionantes de su tiempo, que más bien eran mundos en miniatura con leyes propias, comercio y en algunos casos hasta moneda…

Déjanos contarte un poco sobre la historia de Yucatán a través de sus haciendas.

Originalmente el término “hacienda” se refería a un conjunto de bienes, por ello, durante los primeros años de la época colonial las ahora llamadas haciendas eran más bien estancias asignadas a los encomenderos españoles, en el transcurso del Siglo XVII las estancias fueron creciendo en extensión y número, se comenzaron a situar en regiones cada vez más apartadas de poblaciones importantes. Durante el siglo XIX muchas de las haciendas maicero-ganaderas se transformaron en henequeneras, producto que hasta la invención de las fibras plásticas generó enormes riquezas. Para 1910 Yucatán, en su actual delimitación territorial, ocupaba el primer lugar en número de haciendas de la república con el 13.8% de ellas, así mismo, era el estado con más kilómetros de ferrocarril, muchos de ellos servían para el uso de las haciendas, ya sea comunicarse entre sí o transportar los productos de henequén al puerto de Sisal para su exportación.

Las haciendas de principios del siglo XIX variaban en sus estilos de construcción, pero habían comunes denominadores como la casa principal, generalmente usada por los dueños como casa de campo para pasar temporadas en su hacienda, a menudo rodeadas de hermosos jardines que entre otras cosas eran usados cuando se celebraban las fiestas del santo patrono de la comunidad, cuyos festejos duraban varios días con su acompañamiento de procesiones, corridas de toros, vaquerías y bailes; cerca de la casa principal estaban la capilla, la casa del administrador y el despacho u oficina de éste, el dispensario médico y la bodega de útiles de trabajo; “la casa de máquinas”, que era el espacio donde se encontraba el equipo de desfibración; la chimenea; “los tendederos”, que servían para tender el henequén a secar, una vez raspado; la huerta; los corrales para el ganado vacuno, caballar y mular; los patios para las gallinas, con sus correspondientes gallineros; indispensable en este conjuntó era el calabozo que servía para castigo de infractores y de borrachitos escandalosos; la noria o norias de las cuales salían cañerías que “como arterias del cuerpo humano repartían las aguas y con ellas la vida y la fertilidad por todas partes”, el tanque; el aljibe que recogía aguas pluviales para abastecer de agua potable a la casa principal; las casas de los trabajadores y desde luego los plantíos de henequén.

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El eclecticismo, fue la expresión arquitectónica del auge henequenero, basada en la deliberada ruptura con la Escuela de Bellas Artes de París y con la cultura europea, en la búsqueda de una expresión propia ligada a una industria en consolidación. Según su principal exponente y teórico Luis H. Sullivan, buscaba su expresión en los nuevos materiales de construcción, en la naturaleza de Yucatán, la expresión y el sentido común del pueblo, siendo congruente con sus manifestaciones arquitectónicas crearon una imagen de progreso importado, un ambiente de fantasía y lujo que le imprimieron una fuerza idílica a esa arquitectura ecléctica, en donde se pueden apreciar rasgos de la arquitectura colonial, elementos neo-barrocos, clasicistas, neo-góticos, arquitectura tropical caribeña y hasta referencias de la arquitectura civil medieval.

A mediados de 1940, cuando se inventaron los hilos sintéticos, la industria del henequén cayó abruptamente y con ello, el esplendor de las haciendas que de la noche a la mañana fueron abandonadas a su suerte, convirtiéndose en muchos casos en venerables ruinas devoradas por la selva, que permanecían como testigos mudos de una época legendaria. Por fortuna, algunos cascos de haciendas condenados a convertirse en escombros han podido recobrar su auge y esplendor al ser adquiridos por personas de gran sensibilidad y amantes de su cultura regional, que invirtiendo cuantiosas sumas en su restauración, las han convertido en hoteles, restaurantes, paradores de lujo, museos, casas de campo y recreo o en centros destinados a eventos sociales.

Acercarse a una antigua hacienda de Yucatán convertida en hotel es mucho más que una grata vivencia, es sumergirse en una experiencia donde el tiempo juega al escondite. Conoce las Private Haciendas de Catherwood Travels, estoicas en lo más profundo de la selva yucateca. Pasado y presente se funden entre restos prehispánicos, pirámides mayas, gloriosas ruinas de la época colonial y modernas villas de estilo zen. Un fascinante viaje desde la Belle Époque del henequén al lujo contemporáneo más exclusivo… Let us guide you.